AUTORES: Bernardo Marques Ravelo / Osvaldo Navarro / Carlos A. Diaz Barrios / Efrain Riveron / Elena Tamargo / Jose Lorenzo Fuentes,2 / Gaston Baquero, Annie Plascencia, Cesar Lopez, Rene Valdes, Manuel Diaz Martinez, Cora Ramirez, Alberto Garrandez, Jose Lorenzo Fuentes, Juan A Sanchez, Jorge Feliz Rodriguez / Heriberto Hernandez / Juan Carlos Valls / Sindo Pacheco/Severino Puente/ Roberto Mendez/Julio Benitez/´Félix Luis Viera/Teresa Dovalpage/ Raúl Hernández
Irse volviendo otro
Yoshvani Medina
Traten de entrar en esos cuentos como Jorge Félix hubiera querido: con la quietud de un caníbal que libara el huevo de un ángel. Y es que Jorge Félix escribió el libro para nosotros. Sencilla, humanamente. Para nosotros los que tenemos el lujo de no pasar hambre, los que aún podemos salir a la noche perfumados, en autos que parecen nuestros. Nosotros los que rezamos por lo que no nos lleve el próximo ciclón. Nosotros los que todo perdimos, poco a poco, y al final lucimos agradecidos como un perro. Lo escribió para nosotros los que preferimos partir, que es una manera como otra cualquiera de aceptar la derrota. Nosotros los que nos quedamos para cerrar los ojos, que no fue decir estoy con ustedes, pero tampoco fue decir estoy contra ustedes; los que tenemos mucho orgullo para agregar al dolor de la vergüenza, el dolor de estar lejos, porque pensamos que las escupidas de un compatriota hieden menos que las de un extraño. Nosotros los sobrevivientes, que pensamos alguna vez que a alguien debimos la sobrevida. Nosotros los de adentro, que creímos en el temor y en el deber como las nuevas armas de nuestra sociedad, y que al final nos perdimos entre lo que creíamos nuestro deber y lo que perdíamos con nuestro temor. Nosotros los de afuera, que quisimos devolver las heridas que nos hicieron en nombre del amor, cuando ya eran viejas yagas que a nadie sedujeron. Nosotros los artistas, que pasamos la vida demostrando que hay actividades indispensables que no sirven para nada, pero que somos incapaces de probar por qué son indispensables. Nosotros los maricones, que nunca pudimos gozar de otro hombre con la conciencia tranquila. Nosotros los científicos, que investigamos mucho más para destruir errores que para descubrir verdades. Nosotros los religiosos, que decimos de Dios lo que pensamos de nosotros mismos, y como si fuera poco, le pedimos que nos toque con una carga apta para nuestros hombros, en lugar de pedirle unos hombros aptos para la carga que nos toca. Nosotros los ancianos, que adoramos complicarle la vida a los jóvenes con nuestras frustraciones, y que a veces lo logramos, porque un viejo cuando quiere ser malo, puede ser más malo que un joven. Nosotros los amantes, que pensamos que amar era la mitad de creer, como si el corazón tuviera ideología. Nosotros los delincuentes, que nos inventamos coartadas para no confesar a nuestros hijos que lucramos con el dolor de los hijos ajenos. Nosotras las putas, que pensamos que se nos pagaba por nuestro trabajo, cuando en realidad se nos pagaba por no quedarnos a dormir. Nosotros los soldados, que gritábamos en los estadios antes de partir a luchar por la patria, sin saber que moríamos por los industriales. Nosotros los de antes, que aún somos los mismos. Hay libros que se escriben como se sangra, que se leen como se goza, y que después se quedan en una esquina de nuestra biblioteca, como un trofeo, un recuerdo del día en que Jorge Félix Rodríguez nos demostró que la literatura puede ser la medicina ideal contra la soledad y el desencanto.
Las ventanas de otro
Por Heriberto Hernández Medina
De cualquier manera, el que sale o entra a un pueblo, o a cualquier otro sitio, que pudiera ser también un libro, piensa en alguien. Yo he entrado y salido varias veces en este libro con ventanas, como una casa o un pueblo, y no me he sentido cansado. He reposado. He sentido esa placidez que propician los rincones más húmedos de las casas en que se ha vivido la niñez (aún en el recuerdo) o los sitios especialmente conocidos de un pueblo al que volvemos después de muchos años. Es literal. Yo he vuelto a la poesía de Juan Carlos Vals después de casi dos décadas y la encuentro verde y fresca como la hierba, no en un búcaro metafórico, sino falseando a nuestro favor la aridez de este potrero baldío que es el exilio.
Todos nos asombramos de cómo hemos podido llegar "a ser este amasijo de temblores", pero nos ha alcanzado firmeza y pulso para escribir, para llenar este vacío de palabras, que nos permitan abrir cada día las ventanas, domestica o librescas, amargas o incuso inexistentes. El poeta reivindica ese derecho y su capacidad para hacerlo. Este libro es el testimonio de eso. Recuerdo mis primeras lecturas de su poesía, en un tiempo en que la mesa poética rebozaba, a diferencia de la mesa real, de manjares deliciosos. Mi degustación agradecida.
Hoy, que tratamos en vano de aligerar la mesa real, este libro viene a poner manjares ha tiempo olvidados en la, usualmente magra, mesa poética, que nos obliga a tocar con frecuencia la puerta de los maestros. Elliot, Perce, Milosz, Rilke; se han librado por unos días de mis molestas e inoportunas visitas, pues he estado acá, asintiendo a veces, negando otras por puro disentir, y complacido siempre al final de cada texto, como quien ha cobrado una pieza, conejo a faisán, en un bosque que pareciera depredado. ¿Dónde ha estado el poeta en estos días? Seguro molestando a Rilke o a Cavafis, que eso es lo único que sabemos hacer, cuando no estamos apaleando nuestra memoria o nuestros precarios dones.
Verdades como templos
Heriberto Hernández Medina
Por Félix Luis Viera
Conformado por tres partes –o quizás por tres poemarios– esta entrega de Hernández Medina ratifica lo que ya anunciara cuando diera a conocer sus primeros textos en la década de 1980: se destacaría entre sus contemporáneos por un verso esbelto, cadencioso, pero sobre todo por la polisemia del contenido, por la hondura de la imagen que, no obstante, resulta asequible.
Verdades como Templos, si bien comprende tres períodos de creación ("Los frutos del vacío", piezas escritas aproximadamente en el decenio que finaliza en 1996; "Las sucesivas puertas, el frágil aire eterno", 1997; y "Verdades como templos", 1998-2006) lo cierto es que resulta de una unidad de estilo que afianza lo que hemos referido antes: Hernández Medina, a lo largo del tiempo, a lo largo del libro, mantiene aquella misma cuerda, y ese tono alto aún en los poemas más breves –que son pocos–, así como en los de menor fulgor en cuanto a contenido.
Difícil resulta entresacar ejemplos en un libro como el que nos ocupa, sobran los poemas que pudieran registrarse en las más exigentes antologías de la poesía cubana (de "adentro" y de "afuera") de la actualidad.
En la primera parte, desde el poema que inicia, "A quién culpar", observamos una alusión subyacente, un mundo apenas referido que va corriendo, angustia de por medio
por debajo de cada verso -–he aquí, más que en las dos secciones posteriores, la polisemia antes citada–: la aflicción pincha en uno y otro poema, en uno y otro verso, como sucede en
No puedo asegurar: No sé si será cierto que cuando callo nombro la verdad que me mata o el miedo que me alienta,
avisa el poeta en este poema que, junto a "Hanging Judge", "Panóptico" (de un muy logrado corte narrativo), "El Desterrado" y "Los Frutos del Vacío", se hallan entre los más altos exponentes de esta primera parte.
La segunda, "Las sucesivas puertas, el frágil aire eterno", tiene como basamento fundamental cierta profundidad filosófica, sentenciosa, y, en alguna medida, se infiere, proponente. En mi opinión es esta la parte más lograda del libro, aunque no resulten imprescindibles los epígrafes que, para cada poema, selecciona el autor (o, tal vez, él fue, en cierta medida inconscientemente, "seleccionado" por el contenido de las frases de otros con las que abandera los poemas), puesto que el valor de cada pieza no necesita calzo alguno: por el contrario, las inscripciones que encabezan los poemas les restan soberanía. Aun así, reitero que es la zona más alta del libro, donde más se luce la capacidad reflexiva de Hernández Medina, la que más matices para la reflexión propia nos envía.
Destaco los poemas VII, VIII
(No intentes mirar al cielo, allí sólo has de encontrar luces vacías como las ciudades ),
IX
(quien dice muchacha ha dicho puerta, quien dice un nombre de mujer ha dicho puerta y ha grabado un número)
y el XI, ejemplar en cuanto a transmutar elementos de lo cotidiano en valores de la universalidad.
La tercera parte, o el tercer poemario, "Verdades como Templos", que le da título al libro, es la saudade por los caminos recorridos, los restos de lo vivido en otras tierras, Cuba, Perú (donde estuvo exilado antes de partir para Estados Unidos) y ciertos sitios de Florida donde habitara para luego fijar su estancia definitiva en Miami. La saudade digo y por eso andan por aquí los versos más desgarradores del libro:
"Un juego en la Nieve" (El tiempo no ha de importar, no ha de importar la ausencia de la dama en el andén), "Llegan cartas", poema en cuatro tiempos que parece resumir todos los dolores que causa la lejanía de la tierra, la casa natal y "Lamento" (En el ya próximo cielo de Lima, esos astros velados por la niebla son como mi memoria simples testigos de cuanto he deseado olvidar y cuanto olvido),
"Domingo en Chosica" y "Ese silencio" se hallan entre los más representativos de este manojo de suma fuerza dramática que, nunca, va a desembocar en el melodrama, aunque aquí y allá asome la lágrima contenida. Nacido en 1964, en Villa Clara, Cuba, con Verdades como Templos Heriberto Hernández Medina nos entrega un libro que se disfruta de principio a fin, un libro que deja marca en nosotros y, en la poesía, huella.
La Tertulia
Esta es una recopilación del trabajo literario en Miami, y aunque su formato y su espíritu es el de una antología, su consistencia es el de un simple registro general de esta literatura a nivel local. El nombre se debe, precisamente, a este criterio, en el que recoge a todos aquellos que participando de las tertulias con que comenzó Ediciones Iduna, pueden dar y de hecho dan fe de su actualidad.
Muchos de estos nombres son conocidos ya por la magnitud de su trabajo en Miami, otros no tanto, y algunos son simples personas con deseos de acercarse a la poesía. En esta recopilación participan autores como Gaston Álvaro, Germán Guerra, Esteban Luis Cárdenas, Orlando Coré y Reinaldo García Ramos.
He aquí al cuerpo
Raúl Ortega Alfonso
No fui yo quien lo dijo, pero me gusta repetirlo: la poesía es una actitud ante la vida, un arrancarse la ropa desde adentro; después ?pisándole el rastro al strip-tease de operarse uno mismo a corazón abierto? es que aparece la palabra para envolver el reguero de sangre que puede salpicarnos con alegrías, tristezas y, sobre todo, para dejar constancia de la capacidad de asombrarnos ante los sobresaltos que nos depara el hecho de estar vivo, que es, en definitiva, la armazón que sostiene todo acto poético. Sin el asombro no seríamos ni la sombra del animal que somos. Pero el poeta sabe que para cerrar el ciclo de atrapar lo que el ojo no ve, necesita de un cómplice que lo ayude a quedarse, en el medio de todos, así, encueradito, como su madre lo parió. Entonces aparece el lector: la mano que limpia la placenta, el que acaricia las deformaciones, y descubre un rostro que ha empezado a respirar con un grito. He aquí al poeta, a Bernardo Marqués Ravelo, al recién parido, que a su vez ha parido este cuerpo que nos entrega para que hagamos lo que el poeta de la etnia Maya K'iche', Humberto Ak'abal, define como una especie de canibalismo autorizado: "Los poetas / son como las abejas: otros se comen lo que hacen". Comamos, pues, jactémonos desde el principio con el poema que da título al libro: He aquí el cuerpo: donde se reclama lo que de verdad debe salvarse para que la orfandad no nos visite: Salva tu herida mujer consérvala / cuídate y cuídanos / no de los ciegos sino de los videntes/. Dejando a un lado el agradecimiento que le debo a Marqués como maestro y amigo, yo me atraganto, paladeo, mastico su furia (ahora domada por el agua de la sabiduría), sus desencuentros, su reverencia ante la amada y el privilegio que significa amar y ser amado, y sobre todo su valor para reconocer la imperfección, el dolor para asumir lo que uno fue y lo que fuimos, sin dejar el rencor como herencia sino este legado como cuando le dice al hijo en el poema Desde la plena madrugada: "Presta atención hijo mío: / He aquí mi furia y esa mierda / que llaman soledad: toma / mis sueños escogidos el horror y / la ternura / un bramido de pasión en la llanada / el destello del mar sobre las piedras / y el amor / Bernardito / no lo olvides./". ¿Díganme si no hay que tener valor para escribir un poema como Tanguedia, donde el haraquiri es la manera de enseñar el honor, pero a diferencia de los antiguos samuráis, el rito no termina en el suicido, sino que el poeta se queda vivo para asumir que ahora le toca bailar con la vergüenza?: "No eres un hombre de éxito / Bernardo Marqués / nunca lo serás / así que paga a siete y media. / Desde que repartieron las barajas / jugaste limpio y perdiste"… Y en ese mismo tono continúa para después terminar con el sablazo: "Cura tu fiebre con pócimas / baja la vista y llora llora en silencio / que hoy sí está prohibido / volver a equivocarte". Marqués Ravelo escribe así porque, como debe ser, es un poeta a tiempo completo y uno de los grandes
Horror al vacío
Poemas de Osvaldo Navarro
Por: Abel German
El manuscrito digital de Horror al vacío de Osvaldo Navarro, enviado por la editorial IDUNA, me llegó exactamente el 28 de enero; la fecha es importante en este caso porque, exactamente diez días después, un infarto masivo arrasaba con el poeta ("Ayer cremamos a Osvaldo", me escribió el poeta y novelista Félix Luis Viera el día 8 de febrero desde México D. F. ¿Pueden cuatro palabras ser más terribles?)
Ya había leído los primeros poemas y fue como si de pronto un enorme muro me cerrase el paso. Es curioso cómo la muerte (ese suceso que, aunque esperado, aunque natural, siempre nos sorprende) cambia de golpe cualquier perspectiva. Esos poemas, que hasta hacía sólo diez días leía relacionándolos con un poeta al que conocía, ahora pertenecían a ese misterio que es, en última instancia, la soledad de los aplazados. Y así, con esa nueva disposición, con esa inédita reverencia, volví atrás y releí. Después, como si bordease el muro, continué adentrándome en las habitaciones sorprendentes de cada poema, asombrándome de tantas claves, sugerencias, profundidades que la primera vez parecían no constar. Era como si el hecho de la muerte de su autor pasase a formar parte del texto. Horror al vacío y esa muerte parecieron complementarse; ensamblar como dos mitades de un mismo cuerpo.
¿Acaso Osvaldo, al escribirlo, se estaba preparando? ¿Acaso lo presentía? El propio título parece venir a decírnoslo con claridad de síntesis. También la insistencia en la idea de la "sombra". Al leerlo uno cree ver al poeta acercándose a esa noche, acariciándola con sabiduría, desmenuzándola con ternura y terror quirúrgicos. Hasta que la vence. Digo, si es que la totalidad puede vencerse. Si es que el horror puede controlarse y, al final, ofrecer, él mismo, sin dejar de ser lo que es, algo de sosiego.
"Sólo la sombra es permanente", afirma en el primer poema (EL OSCURO). O sea, la vida en ese momento es un accidente y no al revés. O sea, ya calmó, él, el poeta, "aquella hambre de buitre y de marrano" (REPUGNANCIA). O sea, la sombra es lo que le resta. Luego evoluciona, por fin comienza a imponerse: "Quisiera estar la eternidad dormido/ en la cómoda cama de mi infancia/ para soñar que vuelvo del olvido. / Quisiera (…) ser árbol sensitivo, piedra dura… (VOSOTROS LOS QUE ENTRÁIS). Y (en el mismo) "feliz espero por la bonanza de mi eternidad". La eternidad, la muerte, ¿comienza a ser aceptada? ¿Comienza a ser vista como lo que quizás es: una inmanencia? Y entonces su alma es, vuelve a ser, "una prótesis de oro" (PRÓTESIS DEL ALMA), en oposición a los miserias, a las heridas, a las úlceras del tiempo.
Y mira alrededor. Vence su ensimismamiento y mira, primero con la visión aún contaminada por la pesadilla: "Nada queda en las flores sonriente", dice (Suciedad). Visión que le hace ver al mundo antropófago (ANTROPOFAGIA) con la justicia, eso sí, de quien ya rinde cuentas a nadie, o, en cualquier caso, únicamente a su verdad. Y después, aclarándose, ve instrumentos de tortura (INSTRUMENTOS DE TORTURA), sutiles, los que suelen utilizar los regímenes hipócritas que reprimen con una escalofriante ternura
paternal. Es decir, los describe con la sabiduría de quien sólo hace constar, de un plumazo, su visión concéntrica y, por tanto, equilibrada, con una rara pasión de poeta escéptico. Por cierto, quizás la mejor de las pasiones.
Sí, porque "Horror al vacío" es un libro escéptico. Un libro a veces cruel, corrosivo, demasiado lúcido como para admitir trampas. Pero también, poesía al fin, contiene una resurrección. "Tengo la primavera por delante", escribe (RESURRECCIÓN). Y sí, debe de ser cierto: esa primavera tiene que existir. Ahora que la luz se ha hecho cenizas, su ceniza (la del poeta) debe de ser "ceniza de luz" (CENIZA DE LUZ) en esa primavera donde ya no sentirá horror al vacío que tal vez no exista. Al vacío que ha sido derrotado por ese buen hombre (HOT EDAD) que fue (que es) Osvaldo Navarro, el Poeta. Y todo con versos como estos. Versos que sugiero deben leerse como yo los he leído, como probablemente debe leerse todo verso: abriéndolos en canal, apartando la piel de las letras, de las palabras, de las formas y recorriéndolos por dentro, en su desnudez interior, en las vísceras donde "Ya ni el mismo dios es inocente" (SUCIEDAD).
A la escritura de José Lorenzo Fuentes, la arrogancia de algún funcionario la tildó de garciamarquiana; sólo porque en sus historias pasaban cosas raras, que más aludían a cuestionamientos metafísicos que a folclóricas excentricidades. De hecho, este libro podría enmarcarse más dentro de las preocupaciones ontológicas de Lezama Lima; pero sólo si hubiera que hacer alguna referencia, y eso no es necesario en absoluto. De hecho, la literatura de Fuentes, y este libro en particular, era más la consolidación de otro tipo de literatura; entre los extrañamientos metafísicos de Julio Cortazar y una parquedad existencial casi inédita entre escritores cubanos, Lorenzo apuntada al surgimiento de otro estilo; que, por otra parte, quizás hubiera salvado a la literatura regional de la banalidad a que la han impulsado sus diversos realismos, incluido ese Mágico-Maravilloso de Carpentier y García Márquez.
La tensión marcada a lo largo de estos cuentos habla de un conflicto dramático de corte universal, sin anecdotismos de ningún tipo; y su prosa, con esa llaneza y claridad tan intentadas desde que los cultismos de los especialistas trataron de rebajar la literatura a funciones sociológicas, tiene sin embargo el valor tremendo de sólo no interponerse a la intensidad de la narración; es decir, no de ser una escritura funcional sino un fraseo modesto, que no requiere las florituras, pero que tampoco necesita combatirlas. Se trata de eso, una colección de cuentos maravillosa, hecha por un escritor maravilloso; y en ese sentido, aunque un poco retorcidamente —pero nada hay menos retorcido que este escritor—, pudiera establecerse la parábola: Bueno, si la realidad inmediata es sólo aparente, y la verdadera es metafísica, entonces sí podría tratarse de un verdadero Realismo Mágico o Maravilloso, más aún que el propio de García Márquez. Sólo que no se trata de eso sino de la literatura pura y dura, de ella misma; y como en el cuento que da título al libro, esta sería la mejor encarnación literaria de Fuentes, la que lo muestra en su más tierna madurez, la de después de la gaviota.
En la poesía castellana, no ha habido terquedad mayor que la permanencia incólume de la décima, con sus diez versos octosílabos y la distribución de rimas tal como la concibió Juan de Mal Lara con su "Mística pasionaria" en el Siglo XVI. Dentro de unos cuantos años aquel modelo cumplirá cinco siglos, pero a pesar de los intentos frecuentes por cambiar su estructura, la décima ha seguido leal a su ortodoxia. Uno de los tantos poetas cubanos que ha mantenido el conservadurismo de la décima es Efraín Riverón, quien ha seguido fielmente el sendero que le trazó su gallardo padre poeta, Francisco Riverón Hernández.
No importa que en el libro decimista más reciente de Efraín Riverón, De la Isla, la Familia y otros Recuerdos, la primera décima, desobediente, termine con un pie quebrado tetrasílabo: "...Sólo la nube, la nube! de la vida baja y sube! pero llueve". Con añadir un adverbio repetido quedaba solucionado el asunto: "pero siempre, siempre llueve". Sin embargo, hay que respetar la decisión del poeta precisamente en el pórtico de su libro, cuando acude a un cambio métrico que no repite posteriormente.
Conviene publicar la décima completa, para descubrir la otra manera que tiene Riverón de acudir a la eterna y difícilmente contestable pregunta de Rubén Darío: ".. .¡Y no saber adónde vamos, / ni de dónde venimos!" Dice Riverón:
No sé desde cuándo soy ni hasta cuándo lo seré; pero siempre cerraré mis puertas. ¿A dónde voy? ¿ Cuánto exigen? ¿ Cuánto doy? (¿Qué búsqueda me conmueve y me cava hasta en lo breve?) Sólo la nube, la nube de la vida baja y sube pero llueve.
A partir de esa décima, la primera de estas páginas ricas en sorpresas expresivas, la valiente estrofa creada por De Mal Lara y popularizada por Vicente Espinel fluye con gracia y colorido, a veces haciendo gala de encabalgamientos que llegan a un grado de maestría en "Casi en adiós", dedicada al abuelo Pascual Acosta, ya al final de su vida:
Casi en adiós, casi ido por la asfixia. Golpe. Sombra. El abuelo que lo nombra da un salto, como movido por algo invisible. Ruido en los pulmones. La tos interminable. El adiós entredicho a ras devuelo. Y en la boca del abuelo el oxígeno de Dios.
José Sánchez-Boudy destaca en el prólogo, muy oportunamente, "el compendio de todos los amores; el compendio de la familia, de los amigos, de las cosas que lo hicieron feliz" en su Güines natal, y cita una certera redondilla: "Mi recuerdo te desanda/ los contornos que te agobian!/ y las noches se me ennovian! en la última baranda".
Una dura palabra de sólo cuatro letras, popularizada por Guillermo Alvarez Guedes, se transforma en protesta ante la madre que se está muriendo. El poeta cita a César Vallejo: "Hay golpes en la vida tan fuertes... yo no sé", y de esa manera obtiene patente de corso para expresar cubanamente su dolor filial. Acaso un puritano puede sonrojarse, pero como la Poesía es también la palabra insustituible, éste puede ser el caso de una osadía que hiere la estética, pero estremece el entendimiento.
Después de leer a este hombre curtido por el trabajo fuerte y asediado por una arraigada sensibilidad poética, no se puede afirmar que se trata de un decimista más, sino de un decimista distinto. No repite, crea. No es el eco de otros, sino la voz que en otros puede producir eco.
No se me ocurre un mejor elogio para definir a este cultor de la décima que se llama Efraín Riverón.
Durante mucho tiempo se ha venido insistiendo que las novelas de Gabriel García Márquez, José Lorenzo Fuentes y Eliseo Alberto, tienden a la retórica y a la ralentización del discurso, como consecuencia de una altisonancia en sus construcciones oracionales. Es decir, la manera de apuntalar un suceso, según el crítico costarricense Manuel Octavio Azcuy, “parece, lastrado por figuras poéticas poco felices”, que son, en últimas, “su estructura central o núcleo diegético; de ahí el error”.
Sin embargo, el profesor Azcuy obvia que esta supuesta acusación de poetización de la narrativa, es perfectamente funcional en determinados contextos de la prosa, tal vez, como una manera de profundizar en las caracterizaciones psicológicas y los ámbitos espaciales de las historias.
Quizás fue Alejo Carpentier el primero de percibir, con mejor suerte que los novelistas de la tierra, la desmesura y diversidad de los contextos latinoamericanos, tan diferentes a los europeos y americanos y, tal vez, sólo igualitarios, frente a los africanos y asiáticos en su no correspondencia de significados en las lenguas occidentales. Es decir, existe una urgencia verbal que justifica una manera de la prosa que necesita de la poesía para nombrar una realidad, que el lenguaje no consigue abarcar.
Y tanto García Márquez, como José Lorenzo Fuentes, —y ya menos Eliseo Alberto (la decadencia del epígono multiplicado)—, se ocupan, justamente, en sus modos narrativos de esa percepción poética del espacio. El primero, a pocas líneas del comienzo de su novela insignia, mal que les pese a muchos y al propio autor, Cien años de soledad, reclama para sí tal necesidad: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.”
De lo que se deduce, que la novela habrá de versar (nunca mejor colocado un verbo) sobre acontecimientos acaecidos en los albores de la civilización, de esa época ignota y distante, cuando los idiomas comenzaban a formarse y no existían palabras para nombrar todo lo existente ni todo lo sucedido. Pero no, Cien años de soledad posee una clara, y posterior, ubicación espacial y en la segunda página ya leemos: “Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras.”
“Una armadura del siglo XV”, precisa el autor, párrafos después de haber anunciado la juventud del mundo y con ella, la escasez de palabras para denotar sus acontecimientos. Y lo que podría entenderse como una contradicción en el discurso del narrador, no es otra cosa que una declaración de intenciones textuales. La realidad, ese mundo que se enuncia, necesita de una forma tan nueva como él, de ser contado. El español, lengua que, precisamente, del siglo XV al XVII(1) produciría su mejor literatura, resultaba incompleta para tal fin. Se hacía necesario, por tanto, un idioma tan nuevo y complejo como aquello que debería de ser descrito.
Y la solución la encuentra, primero García Márquez y posteriormente, José Lorenzo Fuentes, en la poesía. Y me explico, en el empleo del tropos poético dentro del contexto de una narrativa que estaba marcada por las oraciones filosas y nervudas de, pensemos en Hemingway, o por los profusos párrafos al mejor estilo de Tom Wolfe o William Faulkner; por solo citar a tres escritores norteamericanos, de notable influencia en la literatura mundial a partir de los años de entreguerras.
Pero aquí se plantea una clara diversificación en los discursos de García Márquez y Lorenzo Fuentes. Uno emplearía el artilugio poético para narrar la cotidianeidad; el otro, la historia.
Y es, justamente, en este libro que nos ocupa, Hierba nocturna (Editorial Iduna, Miami), donde el autor cubano de un título tan memorable como Después de la gaviota parece haber encontrado su consolidación como maestro de la historia entendida como mito y éste, como comprensión del hombre. Es decir, de la historia conformada por las grandes constantes de la civilización y la poesía: el rito, el sueño, la reiteración y el deseo.
En Hierba nocturna queda la maestría de una forma de contar, la exploración de cuanto pudo suceder en el pasado olvidado u oculto de nosotros mismos, en nuestros miedos y osadías. Y de ahí su grandeza. Alegra que en la Cuba de afuera, todavía y a pesar del doloroso peso que también supone el exilio para la literatura, los escritores como José Lorenzo no dejan caer el pulso de su obra. ¡Salud, maestro!
1) Desde la publicación de la Gramática castellana de Antonio de Nebrija (1492) hasta la muerte de Calderón (1681).
Mañana es Navidad
Cuento corto de Sindo Pacheco
Por Luis de la Paz
Tomado de la Revista del Diário de las Americas
La caída del Muro de Berlín y en particular el desplome de la Unión Soviética como principal sostén económico de Cuba, provocó en la isla una época de hambruna y penurias como nunca antes bajo la llamada Revolución. A ese lapso se le denominó Período Especial. En esa etapa crítica se desarrolla Mañana es Navidad (Ediciones Iduna, Miami, 2009) del escritor cubano Sindo Pacheco (Cabaiguán, 1956). La novela o noveleta, hace un retrato de ese momento, a través de las peripecias de una familia para sobrevivir. Alberto, su esposa Miriam, la pequeña Elizabeth, hija de la pareja y un cerdo que crece y alimentan en la bañadera de la casa, diseñan la marcha de una narración lineal, sin sobresaltos, aunque sí angustiosa, en la que prima el diálogo crudo, el desamparo y el desánimo, por sobre las descripciones.
Esta pieza es muy cubana, con referencias y alusiones que sólo un lector de ese país, o alguien avisado, podría entender cabalmente, pues algunos podrían pensar que lo que se narra es hiperbólico o surrealista, aunque, por desgracia, es casi una mascarilla de su tiempo, en la que quedaron plasmados las víctimas y los victimarios, en medio de lo irracional de un poder totalitario que se niega a verdaderas reformas políticas y sociales.
Mañana es Navidad abre con la cotidianidad de una familia cubana típica, buscar qué comer en medio de una carencia colindante con la hambruna. Para abrirse paso, muchas personas criaban cerdos en las bañaderas de sus casas, con los agravantes que esta situación acarrea y que de alguna manera resquebraja la armonía de la casa: “En contra de su voluntad estaba criando un puerco en el baño de su apartamento, cuya peste se cogía todas las habitaciones. Le parecía encontrar la peste a puerco en todas partes, y solía olerse las manos y los brazos. El pueblo entero estaba lleno de puercos y olía a cochiquera, a sancocho, a comida fermentada y a desperdicios...”.
La atmósfera del libro es delirante, la narración atrapa al lector que busca saber el desenlace, que como la lógica indica, debe ser el sacrificio del marrano, pero sólo puedo adelantar que no va por esos rumbos. El autor recrea muy bien cómo el impacto de las necesidades materiales hace mella en las relaciones de familia. En otros episodios, Alberto, que es profesor, es asediado por un estudiante, que se resiente del fracaso del socialismo. Sin embargo llama la atención que los personajes que conducen la narración no se preguntan por qué tienen que vivir de esa manera. No hay culpables, no hay reclamos, apenas asumen lo que les ha tocado confrontar y sólo aspiran a que mañana no sea como hoy.
Los personajes que habitan en Mañana es Navidad luchan por la supervivencia y se conforman con poco. Un panadero sólo aspira a tener una fosforera, otros concentran todas sus esperanzas en la carne y la grasa del cerdo que cuidan. Sin duda Sindo Pacheco logra un buen texto, un libro que retrata, con toda su carga de desesperanza, dolor humano, sensaciones, tristeza y pesar, el tristemente célebre Período Especial.
En el siglo pasado y en lo que va de éste, la literatura cubana no ha dado otra poeta, o poetisa —como prefiere llamarla Annie Plasencia—, con una obra y vida tan singular y auténtica como la de Dulce María Loynaz, cuyo fervor por la palabra corría parejo con su pasión por la isla que la vio nacer, su heroica tradición familiar y su contradictorio intento, plenamente logrado, de ser el silencio que todos debemos escuchar. Sólo por ello vale agradecer a Ediciones Iduna este libro que, simplemente, se titula Dulce María y que, más que "un homenaje a la eximia escritora cubana", como reza en su portada, es un aviso ejemplar, un recordatorio a todos los cubanos para que agucemos el oído y sepamos encontrar nuestra auténtica voz. La señora que le cantó al río Almendares poseía, entre otras muchas virtudes, el color, la tesitura y el sentimiento exactos para expresar la cubanía, que según yo entiendo es, como la poesía, un estado de ánimo.
Como es de rigor en estos casos, el tomo se inicia con una precisa cronología de la vida y obra de Dulce María Loynaz, que por supuesto incluye todos los reconocimientos que recibió a lo largo de su carrera literaria, entre ellos el Premio Cervantes, considerado por los especialistas como el Nobel español. Pero lo más llamativo está al final, porque el tomo concluye con una entrevista realizada por José Lorenzo Fuentes a Juan Antonio Sánchez (Ñico), director de Iduna, amigo de Dulce María y el hombre que, en definitiva, logró rescatarla de su encierro en la casona de 19 y E en el Vedado y hacerla viajar a Pinar del Río para posteriormente fundar el Centro de promoción y desarrollo de la literatura "Hermanos Loynaz", suceso mediante el cual la isla en pleno supo de la existencia de esta figura excepcional de la lírica cubana que durante muchos años fue más conocida en el exterior que en su propia patria.
El cuerpo central del libro está compuesto por siete trabajos —que van desde el artículo hasta la crónica, pasando desde luego por el ensayo— que firman poetas y escritores tan notables como Gastón Baquero, Manuel Díaz Martínez, César López, Annie Plasencia, Cora Ramírez, René Valdés y Alberto Garrandés, los cuales van armando un retrato si no exhaustivo (esta modelo se resiste a la finitud, siempre tendrá un nuevo escorzo que escudriñar) al menos por ahora suficiente: que yo sepa, es el primer intento serio de estudiar a fondo a la gran poeta, a la mujer extraordinaria y a la cubana ejemplar que fue Dulce María Loynaz. El hecho de que los editores de este homenaje a la autora de Jardín, de Juegos del agua y del amor y de Un verano en Tenerife —por no mencionar más de tres títulos en los diversos géneros en que ella incursionó— tuvieran la delicadeza de incluir a estudiosos y seguidores que viven o han muerto ya dentro o fuera de la isla que la estirpe de los Loynaz tanto amó y que contribuyó a crear, o más bien a recrear, le otorgan a este esfuerzo una dimensión especial. Porque cuando pase mucho tiempo (y va a pasar), y se sanen por completo las cicatrices todavía hoy sensibles de una tiranía que ha durado medio siglo, entre lo que permanezca inmune de Cuba para el resto de la humanidad, no hay duda que estará la poesía de una mujer que fue bautizada con el dulce nombre de María.
Para entonces, no hay duda tampoco en ese sentido, un ejemplar de Dulce Maríaserá una guía, una señal, un recordatorio ejemplar para rescatar del silencio la voz que necesitamos oír
La isla pérdida
Por: Manuel Vazquez Portal
La cosmogonía de un poeta es única. Porque cada poeta es un cosmos. Para caracterizarlo basta sumergirse en su universo. Y hablo del universo reinventado por su visión y el trazo dejado por su capacidad de aprehensión. Sin mas finalidad que embellecer, sin mas propósito que ennoblecer.
Solo desde la huella del poeta se sabe de su paso. Toda generalización empequeñece su individualidad. El poeta, amanuense de una armonía universal, reenseña lo que conocemos pero de una manera que nos recuerda las esencialidades olvidadas.
Y el poeta –según Francisco Riverón Hernández—lleva su yo dentro de un hombre que no es suyo y no siempre comprende cómo pudo nacer en esa cárcel.
Ese sentimiento de destino inexorable lo torna canal de conducción semiótica para que el universo envíe sus señales. No puede escapar. En el poeta viven las cosas de otro modo (…) porque para él todas las cosas deben ser vistas por el lado que enseña la belleza.
Universo exterior y universo interior se conjugan entonces para dar paso a la poesía, ese exquisito e inexplicable sortilegio que envuelve a todos pero que solo los poetas, seres signados, reencausan para brindárnoslo.
Francisco Riverón Hernández es uno de esos seres signados. Se supo siempre continente de la sabiduría y la belleza universal. Cargó con su Facttum con la dignidad y la entereza de los elegidos. Frente al amor destiló poesía, frente a la pena serefugió en la poesía. La poesía era su adarga y su escudo.
Siempre creyó que el verso lo salvaría, y así ha sido, la poesía no traiciona a quienes la han amado. Treinta y seis años después La isla perdida –libro que la policía política cubana creyó haber destruido después de la requisa salvaje en casa del poeta—resurge para recordarle al poder que puede disolver lo que tiene de tierra al poeta y además creer que lo entierra en el poco de polvo acostumbrado pero que el poder ignora que su fuerza no alcanza y algo quedará—del poeta—siendo y manifestando su materia de sueño, su lenguaje de dios en la tierra.
Esa es la lección que reaprendemos. Los poetas antiguos nos lo habían ya dicho. No muere de olvido la hermosura.
La isla perdida se escribió en condiciones excepcionales. Estaba proscripta antes del primer verso. Era poesía para alimentar la gaveta. En Cuba se expandía por entonces lo que hoy llaman quinquenio gris, pero que en realidad era masacre del arte y la cultura por mandato oficial. Los heraldos del odio componían odas a la trinchera y trenos a los ínclitos soldados muertos. Un poeta que se atreviera a decir: Nuestros poetas/ solo tienen ojos para lo que no ven/ y palabras para lo que no esta sucediendo./ ¡Viva la hipocresía! /Aunque la poesía siga llorando estaba condenado al anonimato. Y Francisco Riverón Hernández se atrevió.
Y Francisco Riverón Hernández se atrevió porque era un poeta y los poetas solo obedecen al mandato de la belleza. Los poetas, por naturaleza, son audaces y transgresores frente a todo aquello que les imponga una finalidad que doblegue al ser humano. La isla perdida hubiera podido ser un canto complaciente para el poder y darle a su creador rica y ancha avena porque le sobraban recursos expresivos para hacer de la poesía una turbia jinetera sin que se notara y medrar de ella, y estaría hoy realmente perdida, pero el eligió la estrella que ilumina y mata y rescato a la isla y a la poesía para siempre.
Con la aparición de La isla perdida, del poeta Francisco Riverón Hernández, por la editorial Iduna, se impone una reevaluación de la poesía cubana escrita entre los años 1970 y 80 para demostrar que en ese período no todo fue grisura aunque la oficialidad se empeñara en enviar a la oscuridad a lo más auténtico del género.
SAIGÓN SOUVENIR
Novela de Carlos A. Díaz Barrios,
Ediciones Iduna, 2007
(Comentario de Abel Germán)
Saigón Souvenir llegó a mis manos gracias a la generosidad de Juan Antonio Sánchez y Odalys Curbelo, amigos que así querían compartir conmigo el cumplimiento de su sueño editorial.
Lo primero que me impresionó fue el cuerpo en sí de los libros (cuatro en total). Me dije que un sueño que llega a adquirir esa textura, esos colores, ese olor y ese papel lustroso y bien trabajado, es ya en principio un sueño que ha comenzado a cumplirse bien.
Pero es obvio que una editorial exige algo más: exige también la vida que el lenguaje impreso en los libros que da a la luz contiene y transmite. Y, por supuesto, la calidad de ese lenguaje. De modo que la belleza concreta del producto industrial, por así decirlo, que es el libro, debe corresponderse con aquélla, o la editorial en cuestión tendrá un problema.
En este caso, Saigón Souvenir bastaría por sí sola para suscribir este logro.
La leí en la soledad de un parking remoto, como suele decirse, de un tirón. Y no sólo fue lo segundo que me impresionó, sino que de cierta manera consiguió ese milagro consistente en hacer que el libro (independientemente de su belleza concreta) desaparezca de nuestras manos y, borrando todo en derredor (parking, ciudad, país) pase a formar parte integral del yo del lector.
Carlos me dejó de una pieza. Y me hizo leer su novela, ese centenar de páginas, palabra por palabra, repitiéndolas en voz baja, como se lee, como se tiene que leer, un poema. Porque Saigón Souvenir es, sobre todo eso: un poema.
Y lo es no sólo por sus imágenes fuertes, precisas y oportunas, sino también y sobre todo por su atmósfera desgarrada. Ese dolor, esa desolación, esa incertidumbre que es la certidumbre de la derrota. El reconocimiento final de que no se es un héroe; de que en este universo (el del personaje que ha perdido las piernas en Viet Nam, pero que pudo perderlas en Angola o en cualquier otro culo del mundo) no se puede ser un héroe.
Pero hay algo más que también impresiona: el argumento en sí mismo. Y lo hace por el hecho de que un escritor cubano haya escogido uno semejante (si es que los escritores pueden escoger sus temas y no al revés). El hecho, en consecuencia, de que la situación cubana no se mencione, y que todo aquel que la busque sólo encuentre algunas minúsculas y muy tangenciales referencias: la nostalgia que sentía el padre del protagonista, por ejemplo. Algo, por cierto, que curiosamente hace que esos escasos datos resalten, por contraste, de un modo especial. En pocas palabras: también me impresionó, y mucho, el hecho de que Carlos haya tenido la osadía de vencer esa tentación.
Saigón Souvenir viene a decirnos, en fin, que el mapa de la frustración no tiene fronteras.
Pero (ya lo dije) esta novela es un gran poema, y la poesía es polisémica. Cada nueva lectura depara una sorpresa. Cuando la relea seguramente estaré en condiciones de escribir un comentario completamente distinto. Con una garantía: también será elogioso.
A primera vista, este poemario tiene la misma mala costumbre de anteponer prólogos al simple arte; pero en este caso esa costumbre es buena, porque tiene dos virtudes, y la primera es que el prólogo se debe a la mesura y el tino de un escritor tan sensible como José Lorenzo Fuentes. La segunda virtud, que explica a la primera, es que aporta claves esenciales para el disfrute de este poemario; pues, de cierto, tan cerrados son ya los hechos del arte, que requieren alguna exégesis. El nombre del libro, nos enteramos, puede aludir a una peculiaridad de ciertas religiones; en las que la divinidad se posesiona del adepto, y lo usa, lo monta, como a su caballo. En este libro, pues, Tamargo es la bacante posesa, por cuya boca habla la palabra misma; y eso es cierto, en una poesía leve, que discurre con la engañosa fragilidad de la exaltación lírica.
En estos poemas, Tamargo vuelve a su amor desmedido por Holderlin; y sin grandilocuencias, reverencia las danzas despeinadas con que se imaginaron una vez a las musas. Pero lo mejor sigue siendo la levedad, que es lo que hace que su romanticismo sea agradable y fresco; de hecho, pocas veces la poesía contemporánea logra tales cotas de erotismo y sensibilidad, a la vez que de finura y pudor. Letras como de nácar, incrustradas en el mármol raído de templos abandonados con los que se tropieza de pronto; elegías al amor de los hombres que revelan todo el hedonismo de que es capaz de una mujer, y la belleza de un mundo abierto al abrazo y el beso. El caballo de la palabra sólo puede traslucir el sentido del mundo, esa plenitud; aunque se pueda insistir en el lado trágico, no importa, la bacante no es discursante sino posesa al fin en libertad; su relincho estremece la dulzura de las más ocultas mieles, y Apolo y Cipris, tan mal llevados, sonríen complacidos y en paz.
Entre los aciertos de La llaga (Ediciones Iduna, 2010) del actor y escritor Severino Puente, figura la intrigante atmósfera que se va tejiendo con habilidad y soltura. El autor hacer converger armoniosamente ficción y eventos históricos; dos elementos que resultan fundamentales en esta pieza, en la que una familia, los Santeiro, son parte esencial de una serie de (en ocasiones), extrañas situaciones y (en otras), de inverosímiles eventos.
De los intersticios de la novela no se pueden dar muchas referencias, pues cada uno de los veinticuatro breves capítulos que la integran, va revelando situaciones que conducen a las asombrosas revelaciones que tienen lugar a medida que avanza el texto. Básicos en esta trama es el cadáver del obispo Jerónimo Valdés que, como explica uno de los personajes, el párroco de la iglesia donde fueron encontrados: “Lo habían ocultado en el techo de la iglesia del Espíritu Santo en La Habana Vieja. Cuando cayó estruendosamente, en abril de 1936, yo oficiaba la misa de once. Desde entonces estoy relacionado con la amenaza del mal que pocos conocen, aunque sea capaz de destruirlo todo”.
Compone la familia Santeiro cuatro hermanos, Lucinda, Demetrio, Pablo y César. Al principio de la novela son niños, luego, ya de adultos, todos son claves para resolver el enigma de la novela. Pero vale destacar que el libro es también el marco propicio para brindar una panorámica sobre Cuba a lo largo de varias décadas, comenzando en los 30, hasta los años noventa, muy adentrada la revolución castrista, lo que sirve de contexto para aludir a la separación familiar, diferencias en la familia y el exilio, que hicieron que dos de los hermanos se reencontraran tras treinta años de separación.
Es importante destacar que las alusiones a lugares y personajes tienen un riguroso carácter. histórico, sobre todo las referidas al obispo Valdés y lo que aconteció con su osamenta. El obispo Jerónimo Valdés fue el vigésimo sexto obispo de Cuba. Entre sus méritos sobresalen la fundación de Casa Cuna (1711) y una universidad en el convento de San Juan de Letrán (1728). Sus restos fueron enterrados en la parroquia del Espíritu Santo, cuyo templo él había hecho reedificar. Al ampliarse el templo sus restos fueron trasladados de lugar, perdiéndosele el rastro, hasta que, en 1936, durante un bautizo y un estruendo en la iglesia, aparecieron los restos del prelado, ataviado con las vestiduras de su jerarquía. En los años 50, el sacerdote y escritor Ángel Gaztelu, le mandó a erigir un sepulcro definitivo al obispo. Éste es el escenario que sirve de contexto para que Severino Puente novele sobre el insólito acontecimiento y otros misterios.
El autor fue uno de los pioneros de la televisión cubana, además, creador de personajes memorables para la pequeña pantalla, y de programas de aventuras que entretuvieron a generaciones enteras de cubanos. Con La llaga, Puente atrapa al lector desde la primera página. El texto fluye con agradable soltura, lo que facilita que se lea de un tirón y además, brinda la oportunidad para que se conozca de las asombrosas circunstancias que rodearon la vida de este obispo.
CRÓNICAS DE UN RECORRIDO POR EL LABERINTO LEZAMIANO
Por: Heriberto Hernandez
El poeta que aspiraba ya a la perfección, en el recorrido imaginario que habría de hacer poniendo palabras como adoquines en la Vía de las Panateneas, vio las dificultades que entrañaba la ascensión a la roca sagrada y decidió recorrer el laberinto ─que se anunciaba como el camino expreso al origen─ antes de escribir el discurso de aceptación de los laureles. Frente a la puerta de la catedral, decidió no penetrar aventurado, sin antes hacer la ofrenda ante el Cemí de madera aún olorosa y el polvoriento estante renacentista, doblegado por las encuadernaciones de una biblioteca de sueños: tiempo, el tiempo que parecía destinado a otras degustaciones más placenteras. Su recorrido por las innúmeras galerías, largos y sinuosos corredores abovedados tallados en la piedra, le han permitido hacerse una idea de la utopía, de la vocación totalizadora de este fabulador que quiso fundar una república sobre las descripciones siempre cambiantes y engañosas de la república.
En la cámara de las sonoridades sucesivas, hubo de entregarse al degustar de la palabra fundida en oro. Oro viejo que hiciera el viaje de regreso en los grabados y las capitulares de los libros, pero que guardaba aún el salitre que atesorara en las bodegas de los galeones. Cómo decantar con precisión el metal noble del destello engañoso de otros metales, en un crisol que ha puesto en el mismo filo, el linaje filosófico de la norma áurea y la novedad transgresora de nuevos lustres, emanados de los hollines de la modernidad. Como segregar, para apreciar su real valor, los acantos clásicos de las guirnaldas renacentistas, los muérdagos de las sagas nórdicas del heráldico lis o el nenúfar romántico. En la retreta lezamiana confluyen el corno francés y la sonoridad en clave nocturna del aire habanero. El poeta, devenido explorador, después de hacer el paseo contemplativo por la aventura que narran los frisos, a la vista del común, ha decidido hacer también el recorrido siguiendo las cartas de navegación, los mapas y claves que fueran habilitadas por el demiurgo (más en el sentido hegeliano que en el concepto platónico) para entrar en la noche insular.
Recuerda en estas páginas de madurez, de algún modo, el asombro juvenil, el desamparo que aflora en la búsqueda solitaria, entre los excesos liricos coloniales y los reductos en que resistía la cultura republicana, de algún pendón emblemático para clavar en la página en blanco. Así, llegar a la sala hipóstila, descifrar los ideogramas y penetrar en la cámara en que están representadas las constelaciones, en que las palabras nombran el tiempo y el espacio, es el símil más exacto de la vida que antecede a la promesa de una era imaginaria, un reino de la imagen en que el hombre es sólo la imagen de si. Un tiempo en que el hombre se consagra a las palabras que ha pronunciado y sólo es libre, como posibilidad, en las que ha de pronunciar.
Estos son los apuntes, las crónicas de un viaje. Un largo viaje que rebaza los últimos tres lustros en que el poeta ha decidido dejar testimonio. La decisión de entrar, de trasponer la puerta barroca y penetrar en la era de las confluencias, en que Lezama reina, es como un rito de iniciación en que renovarás los votos cada segundo. Este es un libro fundamental, que habrá de orientarte cuando sientas que el mundo se reduce a una opción en la dispersión de cien caminos. No es una norma, es una colección de hallazgos a los cuales se ha llegado por degustación, por sed. La esencia sustantiva de la fe en la poesía logra, no legitimar su cualidad de sustancia etérea, sino aceptarle como una posibilidad inminente. Así es que entre la tibieza miserable del agua y la fidelidad miserable del espejo, hay una piedra, tallada al bulto por los escapelinos, en la que Lezama logra ver las figuraciones que habitan la otra dimensión. El poeta Roberto Méndez, vistos los cimientos, nos conduce por la torre en la ascensión que nos permitirá ver un nuevo ordenamiento de las constelaciones; que cambiará cada instante como los dados de Mallarme, ya concretos, rescatados de su simbolismo original, y anunciará un mundo de rotunda y vigente significación.
EN EL DINTEL DEL FUEGO
Por: Rolando Jorge
Una novela como la que se ha propuesto el escritor Julio Benítez, no es cosa de juego. Un puzzle bien escrito, atractivo, documentado, donde fluye un Español que se baña, a veces, en ese idioma hermano del exiliado en los Estados Unidos, el Inglés. Sin perder sin embargo sus raíces cubanas, su idiosincrasia reflejada en personajes, situaciones, actitudes, y sobre todo en un lenguaje que linda entre lo popular y lo poético, sin ningún tipo de contradicción.
Páginas duras expresando una realidad dura, Las Tres Muertes de Gurrumina Robinson no dulcifica esa realidad, todo lo contrario. Personajes agresivos, espionaje, sexo, religion, política, drogas, conflictos humanos, humanísimos, que llevan a un desenlace casi inserto en el mundo dostoievskano ( de quien, a propósito, Benítez es deudor), son ingredientes excelentemente manejados a través de: Preámbulo, Defendamos la Isla, En casa de Gurrumina, Viva la libertad, y Las cosas del Diablo; cinco fragmentos novelados que van a confluir a un final antológico, desde el que se alza la figura de Corina Ruiz como un nuevo Rakolnikov de la literatura cubana.
Noches y noches he vuelto a la relectura de otros libros. Una Vuelta de Tuerca, Mi Tío el Empleado, El Monte. Y después leo en el manuscrito que me ocupa: “Pasaron por la cocina, limpia, pero de algún modo sellada por especias y olores especiales. En lo alto del refrigerador se observaban cuadros de algunos santos del panteón yoruba cubano, continuación de la sala con su altar lleno de ídolos que conservaban según sus creencias, el espíritu del hogar. . . . .Harry no se sorprendió cuando vio el San Lázaro gigante que saludaba a Santa Bárbara en tamaño casi natural, ambos a costados de una fuente aún funcionando. Piedras blancas sobre piedras negras se esparcían en medio de lirios y flores acuáticas. Los peces variados asomaban sus bocas buscando alimentos en la superficie. Un par de bancos, trabajos de santería enterrados y un Gazebo….”. Tranquiliza este bocado de palabras puras, de buena escritura; ya me puedo ir a dormir al dintel del fuego.
Sin lugar a duda, usted está, querido lector, en frente de una novela inolvidable. Como un conjuro vuelven las palabras de Robert Louis Stevenson: Cualquiera puede escribir un cuento –uno malo, me refiero-, si tiene dedicación y papel y tiempo suficiente; pero no todo el mundo puede aspirar a escribir siquiera una mala novela.
`El Difunto Fidel´ de la cubana Teresa Dovalpage recibe el V Premio de Novela Corta de Rincón
El Ayuntamiento de Rincón de Victoria ha hecho entrega a la escritora ganadora de la V edición de Novela Corta de Rincón de la Victoria, Teresa Dovalpage con la obra `El Difunto Fidel” en el salón de actos del Consistorio hasta donde se ha desplazado la novelista procedente de Estados Unidos.
La alcaldesa de Rincón de la Victoria, Encarnación Anaya (PSOE) que ha hecho entrega del premio en compañía del concejal de Cultura del Ayuntamiento de Rincón de la Victoria, Javier Guerrero (PSOE), y el presidente del jurado, Juan Campos, ha felicitado a la escritora por “haber regalado a la presente edición y a Rincón de la Victoria una gran obra que engrandece aún más este premio que este año ha recibido obras de un alto nivel”. Además, la regidora ha destacado la apuesta cultural que se realiza por mantener la edición ante la difícil situación de la Administración y ha agradecido al prestigioso jurado su labor en seleccionar la obra ganadora entre los más de 180 trabajos que se han presentado al concurso.
El concejal de Cultura del Ayuntamiento de Rincón de la Victoria, Javier Guerrero (PSOE), también se ha mostrado satisfecho por premiar “una obra maestra de una mujer de una destacable trayectoria con publicaciones y que ha sido premiada por unanimidad de los componentes del jurado”.
Por su parte, Juan Campos, ha querido destacar “el privilegio de la palabra” que posee la escritora y el carácter y fuerza, ritmo, el estilo del leguaje a la vez que pícara y cargada de humor y el erotismo de la novela que reconstruye la identidad de una familia cubana en Miami reflejando la realidad emigrante.
De igual forma, Teresa Dovalpage, se ha mostrado emocionada y ha dicho sentirse orgullosa de ser reconocida por este premio.
La novela narra la historia de un difunto que, a través de una medium, revela a sus dos mujeres más queridas (su esposa y su amante) las experiencias vividas desde que se marchó de Cuba. Así, el lector es trasladado a lugares como China, Canadá o Miami a través de un espectro que se confiesa mediante un ritual espiritual.
Este concurso, que ha celebrado su quinta edición de forma consecutiva, ha superado el número de participación con respecto al año pasado, pasando de 115 obras a los 181 trabajos recibidos de distintos puntos del panorama nacional e internacional.
EL CORAZÓN DE :“EL CORAZÓN DEL REY”
Por:
Abel German
He aquí una de esas novelas que no se olvidan. Que no pueden olvidarse. Que una vez leídas pasan a formar parte de la experiencia del lector, no como simple lector, sino como ser humano que ha vivido esa experiencia.
Por la panorámica que traza, por cómo lo hace, puede que Félix Luis Viera haya escrito con “El corazón del Rey” la tan esperada “novela de la revolución cubana”. No, por supuesto, en el sentido que los oficialistas del régimen dan a ese título (o se lo darían si tal novela se escribiese); es decir, no por ser la que mejor enaltece el llamado “proceso social existente en el país” —algo que ni Carpentier logró, pese al esfuerzo, con su malograda “Consagración de la Primavera”—, sino por serla que mejor describe esa realidad, sin otra pretensión que describirla.
Y aunque si así no fuera (si no fuese esa “esperada novela de algo”), de todos modos impresiona, y mucho. De todos modos es una de esas novelas que uno espera, sin saberlo.Me hizo pasar varios días caminando por Santa Clara, reconociendo a su gente: Robertón, Magalí, la Sama, Benito… hasta el Bijirita. Todos personajes inolvidables. Personajes con los que, después de participar en sus peripecias, de compartir con ellos sus dudas, sus angustias, sus alegrías, sus rones, sus desencantos… sus fragmentos de vida, por fuerza se tornan familiares; pasan a formar parte de la gente que uno conoce en el sentido que se conoce al Harold de Joyce, al Alonso de Cervantes o al vecino con el que de vez en cuando compartimos una cerveza.
Se trata de personajes y situaciones trasmitidas con una autenticidad literaria incuestionable. Subrayo autenticidad literaria.O sea, el hecho de que la historia, los personajes y el escenario son literariamente creíbles, tanto como el tiempo y el espacio del conjunto. Todo está vivo, todo existe y todo se mueve como materia novelesca, sin traicionarse y sin traicionarnos. Cada parte funciona a tope, sin caídas, como producto artístico. Aun el sexo y el humor –dos recursos que han identificado desde siempre a este autor– hallan un asidero entrañable en la trama planteada en cada caso.
Resume de un modo genial los recovecos ideológicos en los que la Isla se ha debatido y debate. En ese contexto hasta el tono artificial o grandilocuente que el autor impone a algunos parlamentos resulta válido, como si no pudiese ser de otro modo. Así logra algo muy difícil; algo que requiere de una habilidad especial: caricaturizar los susodichos recovecos ideológicos; y hacerlo indirectamente, desde la retórica que les es consustancial, formando una especie de “quinta columna” que, como sin proponérselo,mina desde dentro el propio absurdo.
Luego está la filosofía existencial de Robertón (sus textos, sus charlas de borracho lúcido). Es éste uno de los elementos más inteligentes y, por qué no, divertidos de la obra. Comparables si acaso con las apariciones de la Sama.
También destaca la insistencia en muchos escenarios y situaciones. Utilizo el término “insistencia” en una acepción nada desdeñosa. A simple vista podría pensarse que esto lo hace iterativo y que, por tanto, convendría que el autor lo eliminase, al menos en parte. Pero no. Uno percibe enseguida su encanto y su pertinencia. Las borracheras de Robertón, por ejemplo: Es cierto, se parecen, pero distan mucho de ser iguales. Todo (esas borracheras, los personajes, la situación, los lugares mismos) evoluciona. ¿No eseso lo que llamamos rutina?; ¿la común rutina de la vida?; ¿la aparente clonación de los días, “uno detrás de otros”?
Y en su caso —en el caso de lo que Viera nos cuenta—, esta rutina es un elemento más a tener en cuenta, como cada personaje; como cada anécdota. Porque viene a desvelar la fatalidad que es Santa Clara, que es Cuba, que es la vida en un país aislado y perplejo. Rutina que, círculo vicioso al fin, tiene que repetirse sin repetirse. Desbarrancándose. Cerrándose. Todo con un ritmo que avanza, sin tropiezos, hacia la solución (solución técnica, quiero decir) del conflicto.
Algo así puede decirse también del lenguaje y del escenario, porque el lenguaje cubano y el paisaje santaclareño; es decir, los localismos y la vida local de ese sitio concreto, rebasan sus límites en cuanto tales. El hecho mismo de la Revolución, así como la proyección humana de los personajes y sus historias, hacen que no se quede en un simple producto costumbrista, que sería ilegible (o legible sólo a medias) para quienes desconozcan el lugar y la circunstancia específicos.Quiero decir que, siendo como es una novela que transcurre en la ciudad cubana de Santa Clara, podría transcurrir (circunstancias aparte) en México DF, en París, en Madrid, incluso en Santa María, en Macondo, en Yoknapatawpha oen cualquier otro lugar de ficción o no. Santa Clara es tan sólo el referente espacial de un hecho social histórico que, al hacerse literatura, trasciende el mapa. Cualquier persona que se viese en las situaciones que Viera describe seguramente reaccionaría de forma muy parecida a como lo hacen los personajes de la novela. Cualquier persona, en cualquier sitio donde transcurra su “ser en el mundo”. El tema que vertebra el texto no es pues un temalocal de interés sólo local. Y la forma en que es contado hace que eso (que esa universalidad) no se pierda ni en una sola línea. Al contrario.
Todo con momentos líricos, descripciones precisas, psicología bien delimitada, dato escondido bien escondido, etc. Es decir, administrado con tacto, de modo que retiene la atención del lector sin que se vean los trucos ni las costuras.
El contrapunteo entre Benito y el narrador, por ejemplo, lejos de ser farragoso y postizo, ilumina y enriquece, para beneficio de todos, pero en especial de aquellos que desconocen la “revolución profunda”. Es decir, el resto del mundo. Y para los cubanos que sí la conocen es un espejo que, como ocurre con los espejos, a veces revela cosas sorprendentes de nosotros mismos. Lo que no quiere decir que sea didáctico. El autor simplemente expone los enfoques y los contrasta dentro de la dialéctica del discurso narrativo, sin ceder en ningún momento a la tentación de intervenir y proponer, en cuanto tal, una toma precisa de partido o conclusión alguna. Viera, pues, da a la novela lo que es de la novela.
Lo que puede aplicarse además a los capítulos que transcurren en el estadio de béisbol y en los shows de cabaré. La posición del autor es válida y, sobre todo, absorbente. En estos casos es el estado interior de los personajes el que marca las pautas. Y lo logra. Una descripción más epidérmica habría roto con esa dinámica global y con ese encanto. Al mismo tiempo que una descripción más detallada del juego de béisbol en sí, habría hecho bostezar.Esto se puede aplicar también a la imagenque nos trasmite de los shows de cabaré.
Si consideramos todos estos factores, y tomamos conciencia de cada coma, de cada cadencia y de cada palabra, es evidente que estamos ante una obra en la que Félix Luis Viera trabajó de verdad, con la responsabilidad y la entrega profesionales que le son inherentes. No se percibe ningún cabo suelto. Al final todas las puntas están bien atadas y todos los frentes abiertos rematados. Trabajo artesanal meticuloso, diestro, que se refleja en el resultado y que agradecen tanto el texto como el buen lector.
Si pensamos la novela en conjunto, el narrador, Robertón y la Sama son quizá los personajes más nítidos. Pero también Magalí y Benito tienen un peso importante. Y, en general, todos forman un coro armónico, un tejido en el que cada uno es imprescindible a la hora de determinar la coherencia y el peso específico de la obra.
Lógicamente, hay capítulos que sobresalen: el de la cola para adquirir la batidora; los de las borracheras de Robertón y sus apuntes; el del narrador y la Sama en el corte de caña; el de la Sama despidiéndose de la familia; el del velorio de Robertón y, por supuesto, el último, cuando el narrador se ve (como se dice) contra la pared, abocado a la única salida que le queda.
Pero incluso los que podrían considerarse menos destacados tienen su razón de ser.Todos son imprescindibles, y no precisamente como relleno. Son los que redondean el conjunto y justifican (o explican) muchas cosas.
Sí, he aquí una de esas novelas que no se olvidan. Un producto aventajado de eso que algunos consideran, no sé si con acierto, un género literario: la literatura cubana actual. El corazón de “El corazón del Rey” parece destinado a latir todo el tiempo del Tiempo. Y como Rey.
Abel German
España, en mayo de 2010
El día del camello.
Un viaje en camello puede cambiar el destino de un hombre y no precisamente en la lejana Arabia, sino enla Cuba de hoy. Un hecho que puede ser fortuito, constituye en este caso el punto de partida para dibujar pasajes de la vida en la capital cubana, en un entorno en el que el absurdo y la casualidad se dan la mano con máshabilidad narrativa que alarde técnico alguno.
Veinticuatro horas en la vida de Luis Alberto Campos de la Fuente son suficientes para hacernos llorar y reír con La Habana y sus gentes como telón de fondo.
El botón de almendras.
El público infantil encontrará en este libro un conjunto de cuentospor los que pasean un grupo de niños y niñas, que enfrentan sus primeros amores, sus primeras pasiones, sus miedos y sueños , en un pueblo del interior de Cuba a principios del siglo XXI. El humor, las sorpresas, las ocurrencias y la mágica ingenuidad del momento en que la infanciase va, y llega la adolescencia, son tratados aquí con toda la ternura y la graciaque inspira la infancia.